Osvaldo Chiavazza y su singular arte que viene de otros mundos

“Flit y chau” decían abuelos y abuelastros de tiempos idos. Como si uno fuera una mosca. Un bicho molesto que con un chijete del insecticida en cuestión, pasara a la nada. Algunos creen que todo es así. Nos mandan a jugar con tierra (desde abajo) y queda sólo un nombre en lápida. Algo más que el inexistente obituario de una cantárida familiar, aluda y zumbadora, luego del encuentro con el “Flit” O del trapazo en el lomo.

De la muerte no se vuelve. Tampoco es dable visitarla y retornar a la Peatonal como si uno viniera de comer sopaipillas con su tía Zenca. Los científicos se aproximan a ella. Y quedan en el límite de un vacío. Lo único, algo demostrado, que puede viajar al centro mismo de ese elemento catalizador, apresarlo en un reflejo, en un sentimiento y subirlo a la vida de todos los días, es el arte. Dante Alighieri, en su “Divina Comedia” la más excelsa obra italiana (fusión de narrativa y poesía) llega al reinado de la Gran Parca. Lo acompaña la esquiva Beatriz Portinari, el gran amor de su vida. Unilateral idilio, ella nunca lo quiso.

Juan Rulfo, escritor mexicano de mínima obra “El llano en llamas” y “Pedro Páramo” (nada más, suficiente) en “Pedro…” nos lleva, casi en bote, como Caronte y su mascota Cerbero, a un territorio de tumbas y sueños donde se fusionan (el lector lo advierte tarde) vida y muerte en una sola amalgama.
Y es el arte pictórico el que tiene la palabra. Dos ejemplos literarios. Y uno con colores, humor, libertad y osadía.

Osvaldo Chiavazza, pintor, trae algunas encomiendas de la Dama de la Guadaña. Como dijo una vez Ernesto Sábato en una malhadada entrevista, cuando le preguntaron qué estaba pintando (otra vertiente del novelista) “la pintura no se puede contar por radio” Es cierto. Pero hay obras donde son ellas las que relatan y no un fallido lenguaraz. Es el caso de los trabajos de Chiavazza.

En su muestra actual, en Galería Mandrágora, de calle 25 de Mayo 780, vigente hasta el último día de noviembre de este año, aparece, un poco, la gestora de toda la exposición. Es la legendaria “Catrina” mexicana para más señas, conocida también por su seudónimo “La calavera garbancera” Nació la imagen de la inspirada mano de un grabador e ilustrador azteca, José Guadalupe Posada (1852 -1913), durante el gobierno de Benito Juárez. Y es “garbancera” porque así se denominan en lengua popular los que aparentan lo que no son. En esos días, por ejemplo, ciudadanos de sangre aborigen emperifollados como europeos. Y fue el famoso Diego Rivera quien la bautizó para siempre con su último nombre. Ya era parte de una mitología macabra hasta que el arte la despojó del miedo que inspiraba y la convirtió en una mujer incorpórea (puros huesos) alegre y caminadora.

Rivera aporta nuevo ropaje al placar de Catrina y le infunde más vida en la tela. La leyenda transmutada. Y es justamente Osvaldo Chiavazza quien la invita a su jardín de colores. Y ella se vino, a los trancos, con sus delgadísimas piernas (puro tejido óseo) cantando partes del largo recorrido: “488 kilómetros de ida…”

Chiavazza, devenido en modisto de alta costura, le regaló una vestimenta que hubiera sido la envidia de Madame Pompadour. Vuelos, tules en oleadas, anchísimo sombrero. Ella, feliz. Nunca será bella. Es un esqueleto ornamentado. Pero tiene gracia, uno de los dones del arte. Es elegante. De sonrisa fugaz. Y Chiavazza, es su tercer amigo pintor. Otro más que la retrató. Como si fuera una Marilyn Monroe de las profundidades, multiplicada en siluetas. Aunque, en su vera historia, “Catrina” una vez pidió queso. Y le dieron hueso.

El juego de opuestos, vida y muerte, se convierte en un solo discurso. En “Ocio” otra de las telas. Una dama atemporal, con medias y boquillas, clásicas de las estrellas de los 30. Desenfado de un hoy (pechos al aire, mínimas bombachitas) Y peinado del futuro. Hace como que escucha. Frente a ella, un descarnado ser la reconviene en vano. Es hermosa, con un cuerpo de vislumbres renacentistas. Mira desde su apocalíptico sofá (con relleno de cráneos humanos) hacia un lugar distante.
Hay humor en las figuras. Esos querubines de alas siempre estáticas, levitantes y de anchas caderas. Llegan a la paleta de Chiavazza únicamente con su raigambre sostenedora. Otros contertulios llevan sombreros con pequeñas velitas encendidas. Parte de un festejo. Claro, viajar desde las catacumbas de Doña Finita hasta nuestros días, a Mendoza. Salir de penumbras sin el sol de los recuerdos, es una grata ceremonia. Por eso se muestran alegres algunos, no pueden evitarlo. Sonríen. Posan para el artista con pasos como de baile. Les da mucho gusto conocernos.

No toda la muestra tiene el sello de ese otro mundo. Hay otras obras que sorprenden por la maestría de su concepción. Por los temas. Algunas: “Ja…ja…jaque” un tablero de ajedrez, el rey (parece que viene de una metida de pata) y los peones que lo miran como hambrientos campesinos en la Revolución Francesa.
“Leda y el cisne”, poesía sin palabras. “Oz” tres de los personajes de la famosa película miran al frente como preguntando si no han equivocado el camino. “Refugiada en tránsito” esa antigua amistad de las mujeres y los nobles caballos. El equino la ayuda. Ella aun no logra salir de la patria, que lleva en lo más hondo de su alma.

Y basta de palabras. Las imágenes mandan. La muestra, una de las más importantes de los últimos tiempos en lo que a despliegue de creación implica, está abierta. A cargo de ella una simpática marchand, Andrea Cano. No hace falta una visita guiada. Los cuadros, engendrados con bolígrafo y acrílico, en papel, tienen parlamentos propios. Sus personajes, y no es redundancia, lo son hasta la propia médula de sus huesos. Algo por entero original. Historias que se instalan en el espectador. Arte.